jueves, 2 de diciembre de 2010
Al filo de la muerte: Sobrevolando las líneas de Nazca
martes, 26 de octubre de 2010
Festejando el Bicentenario
Era imposible caminar y hasta nos perdimos en el mar de gente, pero al final las pasamos bien. El viernes fue el día más esperado pues a la medianoche se celebrarían los doscientos años. La mayoría de la gente se había vestido con el traje típico de la cueca, las mujeres con un vestido blanco y los hombres con sombrero. Las personas estaban eufóricas, bailaban, gritaban y muchos de ellos cantaban el himno nacional. Nunca antes había visto tanta alegría junta.
Al día siguiente la celebración continuaba, todos habían bajado a la playa y ni las heladas aguas del mar impidieron que los resaqueados chilenos se dieran un chapuzón. Por lo demás, las personas seguían festejando, andaban con su bandera amarrada en la cabeza, vestidos con el polo de la selección de fútbol. Era muy común oírlos cantar el himno en pleno malecón.
Fue un fin de semana inolvidable, aprendí muchas de las costumbres que se siguen por fiestas patrias: No se puede hablar de una celebración sin que haya un asado, y para acompañarlo las infaltables papas mayo (que son básicamente papas y mayonesa) y para tomar, primero el ponche (vino blanco mezclado con duraznos en conserva) y las infaltables piscolas, con pisco chileno por supuesto.
El domingo por la mañana el panorama se despejó un poco, la mayoría se despejó un poco, la mayoría de la gente se regresaba a Santiago. A pesar de que el lunes era feriado, sabían que si no se iban ese mismo día a la mañana siguiente se encontrarían con el terrible tráfico con el que llegaron.
Yo también regresé, pero al aeropuerto, y antes de abordar el avión los anfitriones de la aerolínea me despidieron con un baile típico chileno como para dejar en claro su gran amor por su patria. Con este viaje pude darme cuenta de lo mucho que valoran sus costumbres y de lo bien que uno la puede pasar.


