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domingo, 28 de noviembre de 2010

Tuyo siempre, mío siempre: El retorno del Salmón en Lima

Calamaro en concierto presenta el ON THE ROCK



Rock, funky, tango, cumbia, lirismo puro y la irreverencia de sus mejores años acompañaron la presentación, el jueves 11 de noviembre, del argentino más querido del rock en español. Andrés Calamaro vino con el nuevo disco On the Rock para todos los que esperábamos, una vez más, el regreso.


La espera se hacía cada vez más corta, el aliento incesante de su voz carrasposa y de lírica prodigiosa estaba rozando Lima. 11 de noviembre fue la fecha que eligió para dejarnos su huella inigualable de salmón.  Al fin llegaba Andrés Calamaro, tras dos años de ausencia en tierras peruchas, en suelo limeño.

Todo digno fan del poeta maldito esperó demasiado para el día del concierto, sobre todo porque no perdió la fe de que haría una parada por Lima antes de la fiesta arequipeña el 13 de noviembre. No sorprendía que para estar en una zona decente se sumara monedita tras monedita para juntar los 133 soles que costearon la entrada, todo valdría la pena con creces. Andrelo vino cargando bajo el brazo su nuevo disco On the Rock (2010), en él mezcló ritmos nuevos pero igual de idílicos que  los anteriores.

Llega el gran día y todo conjuga, el ánimo de los fanáticos hace vibrar, emociona, los polos a 20 lucas, los revendedores,  las señoras “chicle, cigarrillo, caramelo” vendiendo puchos y cervezas camufladas le ponían el toque de color. Muchos fueron dispuestos a iniciar la fiesta desde antes. Una chela para empezar la  espera, los fans ya entraban en calor.

Alrededor de las 7 de la noche, se dignaron a abrir la puerta del Jockey Club, mientras los hinchas del Salmón, (nombre que se le dio por el mitico disco del año 2000) estaban en medio de la algarabía. Un brother corría entonando las más encendidas barras hacia el ídolo Calamaro, sin dejar de pasear al viento una banderola de la Trinchera Norte.

Otro grupo, con ron y gaseosa en mano invitaban a la gente fanática a cantar con ellos los célebres temas: Paloma, Ok perdón, Crímenes Perfectos y Los chicos, como presagio de las canciones que serían  parte del setlist de Andrelo cuando, al fin, pisara el escenario.


La espera desespera
Al ingresar, solo una carrera sin orientación para encontrar un buen lugar era la opción. Campo II no está al final donde apenas se verían las pantallas, pero tendríamos que estar apachurrados contra la reja para captar la mejor vista del cantante del rock en español más versátil y genio que se haya visto.

Mientras la zona VIP se llenaba de a pocos, desde Campo II, un grupo de chicas entonaban a viva voz la comercial Flaca. Sí, como esperando que se la dedicara a cada una, así tuviesen diez kilos de más, siempre serían la flaca, su flaca.

Se suponía que Pelo Madueño era el telonero de la noche, alrededor de las 8 pm tendría que hacer su aparición, para dejarnos a solas con Andrelo a partir de las 9 y podamos disfrutarlo hasta la última gota de sudor. Pero Pelo nunca llegó o, al menos, nunca subió al escenario. No parecía importar, todos esperaban ver a Andrés.

Con tan sólo 10 minutos de retraso, Andrelo hizo la entrada triunfal en medio de la oscuridad y de la humareda que lo envolvía. Todos reconocimos de inmediato su figura, si bien la cabellera no era tan frondosa como antaño, sus ademanes, sus rulos y los lentes negros cargaron su aura misteriosa como siempre, como nunca dejó de ser.


El versátil Salmón
Sus primeros acordes tocaron  Let it be de The Beatles.  Paul Mc Cartney estaba en Buenos Aires, y Andrelo quería rendirle un homenaje, con nosotros, desde Lima. A su manera fue un Let it be extravagante y hermoso. Desde ya auguraba el conciertazo que se venía. Era el regreso y era el recuerdo. Todo lo magistral que se esperaba.

Diez mil almas se movían y deliraban ante cada canción, pero cuando tocó “El salmón”, la gente no paraba de saltar, gritar, enloquecer. Si recordar es volver a vivir, esa noche revivimos mil veces más. Porque Calamaro siempre va en sentido contrario, por la ruta difícil, la que usa el salmón. Por eso habló de su país, por eso habló del Diego (Maradona), por eso le quitó el Nobel a Mario Vargas Llosa para dárselo a Sabina.

No podían faltar los clásicos románticos Paloma, Te quiero igual, Me estás atrapando otra vez, temas que arrancaron más de un grito desaforado y una lágrima escurrida en alguna mejilla.

Andrelo volvió a los tiempos de los Abuelos de la Nada, cuando tocaba junto a Miguel Abuelo esa mezcla de funky poesía y regresó al tiempo de Los Rodríguez en España. Todo en una sola noche. Entonces fue cuando Mil horas, Sin Documentos y Costumbres Argentinas sellaron los ochentas.  

El greñudo bonaerense no evitó sacar un puchito o ¿sería un porrito? Como en la canción Loco, tan esperada y que junto a La parte de adelante le faltó tocar para que la noche fuera más redonda aún.

Sus rulos se conviertieron en dreads para interpretar No woman don’t cry de Bob Marley, fiel a su estilo rockero, le puso su estampa. Esa noche también se vistió de Santana con Oye cómo va, y fue Mercedes Sosa, con la canción Gracias a la vida, para no olvidar el legado de quien “dejó huérfana a América Latina”.

Todos se dejaron llevar por la apuesta innovadora del Salmón en Las tres Marías. Esa misma versatilidad que puso a prueba cuando Tuyo Siempre también fue cumbia. Te seguiría a todas partes y quiero darte cada uno de mis instantes. Era el pensamiento alborotado que compartíamos con cada tema que Andrés cantaba, solemne.


“No se va, no se va Andrés no se va”

Nos regaló cerca de 30 canciones, volvió dos veces al escenario cuando la gente con la ovación espontánea de “No se va, no se va Andrés no se va” y “ Olé olé olé olé Andrés, Andrés” le pedía no abandonarnos. No podía negarse, no supo negarse y a contracorriente como siempre, aparecía en el escenario a cantar con deleite para su público “el más leal”.

Andrelo es futbolero, por eso no pudo dejarnos sin tocar Crímenes perfectos ni Los chicos. Por eso nos recordó la magia que el “Nene” Cubillas tenía en los pies y el buen toque de Percy Rojas cuando estaba en Independiente. Aquellas épocas felices  de los 70’s. Y la memoria del salmón no pudo soslayar durante esta canción a los 22 que se fueron antes que él. La imagen de los  notables Miguel Abuelo, Gardel, Meche Sosa, Bob Marley, John Lennon y otros grandes aparecieron al ritmo de “Los chicos”.

“Flor de Samurai” del nuevo disco nos esperanzó, “Mi enfermedad” alborotó a la ya desbocada fanaticada, las rejas no eran barreras, porque se unieron en un latido y en un grito que no quería dejar ir al salmón.

Andrés Calamaro agradece al público peruano
Se envolvió con la bandera peruana, se puso de cuclillas, besó el suelo como agradecimiento y cariño para luego despedirse con un Buena suerte que nos dejó con ganas de más. Porque algo va quedar adentro tuyo siempre, algo que yo te dejé alguna vez.

Con los pechos cansados, las voces más afónicas que nunca y la alegría de dos horas y media de concierto espectacular, entendimos que ya era hora del adiós y se acababa el ensueño, no era definitivo “Porque no existe un adiós total, nos volveremos a ver en algún lugar del tiempo”.  La promesa del eterno regreso.

Recién se fue y el salmón ya se hace extrañar, volverá con la actitud irreverente, su cabellera cuarentona y la voz sensual para no despedirse más. Calamaro lo dio todo en el escenario, por eso se llevó todo...con su andar de no ser de acá.

martes, 19 de octubre de 2010

La mala medicina de Jon Bon Jovi

Luces, color y Rock & Roll. Esos son los componentes que la noche del 29 de setiembre, Jon Bon Jovi inyectó en los asistentes del esperado concierto que la banda neoyorquina ofreció en Lima. Y como no existen anticuerpos para tal enfermedad, no hay nada mejor que dejarse contagiar y disfrutar de la convalecencia.

Debo confesar que no soy la más grande fanática del rock. Y tengo que admitir también que no tenía muchas expectativas sobre el concierto que Jon Bon Jovi iba a dar en Lima y fui con la idea de no perderme el concierto de una de las leyendas de la música ochentera. Pero cuando salí del Estadio San Marcos a las 12 de la noche después de escuchar al cantante, me di cuenta que me hubiera arrepentido si no rompía el chanchito y compraba mi entrada. La energía y la potencia que emanaba el mítico Bon Jovi desde el escenario llegaban a todos y fue capaz de convertir hasta a los más despistados en seguidores asiduos de sus canciones.

Caminando en círculos
Para muchos, la odisea comenzó tres días antes. Las carpas comenzaron a levantarse alrededor de la Universidad San Marcos para sacarle el jugo a los 600 soles que pagaron por su entrada y estar lo más cerca posible de su muy bien mantenido ídolo cuarentón. Al parecer, mi aventura se inició un poco tarde.

Jueves 29 de setiembre. 8:00 pm. Es ridículo pensar que ya llevaba unos 20 minutos atorada a solo dos cuadras del local del concierto. Pero así es Lima. Ni hablar, a caminar se ha dicho. La entrada al concierto era un caos y había que cuidar los bolsillos, evadir vendedores y tratar de no poner un pie en los ‘regalos’ de los caballos de los policías que resguardaban la Universidad antes de llegar a la larguísima cola que empezaba, por lo menos, seis cuadras atrás.

Finalmente puedo llegar a la puerta. Ahora la cuestión es encontrar un buen lugar en la tribuna que me correspondía. Bingo. La voz de Jhovan Tomásevic se elevaba en el estadio de San Marcos mientras me sentaba y empezaba a afinar la garganta para cantar las pocas canciones que había podido aprenderme antes del concierto. El ex vocalista de Zen, que hoy hace de telonero, sale de escena y las luces empiezan a bajar hasta que desaparecen por completo y el grito histérico de los presentes hizo resonar el lugar.

Con solo 5 minutos de retraso, un enorme círculo aparece en las pantallas gigantes y entre gritos podía ver cómo los que estaban en el césped avanzaban como hormigas empujándose para estar lo más cerca posible de su ídolo. El brillo de las cámaras fotográficas creaba un panorama increíble con chispazos alternados de algunos flashes. Con la primera nota de Blood on Blood, todo el público estalla de emoción.

La gente aún está fría: no se mueve ni canta. Hasta que Jon se para en medio del escenario y grita “Lima, are you with me? Show me what you got”. En ese momento, la gloria llegó con el primer acorde del clásico You give love a bad name. El gigante de San Marcos despertó y ya no había quien lo pare. El ingenioso e increíble juego de imágenes que la banda americana proyectaba en las pantallas gigantes dejaba anonadados a todos. Los rayos de luz que iluminaban la gris noche limeña contagiaban de energía rockera a los asistentes. Y la singular voz de Jon era la mejor acompañante para una alucinante noche que recién empezaba.
 
La banda electrizaba a todos los presentes. Tico detrás de la batería nos hacía vibrar, David con el teclado nos llevaba a la gloria y Richie nos hacía delirar con la guitarra. Para calentar el ambiente, los rockeros optaron por un clásico: Pretty Woman y los alaridos femeninos no se hicieron esperar.

Canción tras canción, la gente se va despertando más y más. Pero el clímax llegó con el himno a la ideología del rock y que muchos deberían seguir: It’s my life. Pareció ser la canción precisa para el momento: vivir cada día, es ahora o nunca porque uno no vive para siempre. Personalmente, esa única canción hizo que la espera, el frío y el cansancio que tuve que soportar valgan la pena. Fue como una explosión de adrenalina combinada con energía y emoción que era incentivada cada vez más con el color de las luces y el estadio que coreaba cada palabra a viva voz.

Viviendo en una oración
Entre más canciones sonaban, más cerca estábamos del final. Pero aún quedaba un exitazo que no había sonado y el concierto no podía terminar si es que no hacía su entrada. La oscuridad inunda el estadio y un único haz de luz ilumina a Jon, quien empieza a cantar una de las lentas, irreconocible. Parece ser una producción de su nuevo CD. Hasta que la cosa fluyó y todos caímos en la cuenta de lo que estaba a punto de ocurrir. Guitarrazo, rock, excitación: era Living on a Prayer. Nada que hacer. Simplemente una magistral interpretación de uno de los mayores hits que la banda neoyorquina ha tenido en toda su historia musical. Como es de esperarse, el público en su totalidad gritó, saltó y enloqueció con el tema. Apoteósico.

La banda empieza a despedirse y parece que todo ha terminado. Salen del escenario, pero la gente pide más. Grita, reclama a la estrella, pide temas y no pierde las esperanzas de ver a su ídolo sobre el escenario nuevamente. Las luces se van y a lo lejos se ve a la banda reingresar al escenario para cantar la que ahora sí sería su última canción: la romántica Always. Cuando las luces de las cámaras fotográficas llenan el estadio, quiere decir que lo que se viene va a valer la pena. Y así fue. La energía rockera se convirtió en ternura y el amor inundó el aire de San Marcos. Esa fue una de las canciones que más hondo caló en el ánimo de la gente y la hizo vibrar al igual que uno de los temas más intensos.

Ahora sí Jon Bon Jovi baja del escenario y no vuelve a subir. Y nos toca a todos los asistentes volver a la realidad y apachurrarnos para poder salir del estadio. Estoy segura que muchos como yo se sienten contentos y casi extasiados por haber tenido la experiencia del rock, vivirla, sentirla en las venas, dejar roncas nuestras gargantas en su nombre. Lima tuvo que esperar más de 10 años para que Jon Bon Jovi pise suelo peruano pero valió la pena.